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Noticias de El Salvador - ContraPunto

Mayo 17 / 2012

El Jícaro bajo bombas

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Por J. Osmar Rivas (*)

jicaro-anecdotaESTOCOLMO - A pocos kilómetros al norte de la cuidad de Chalatenango, se encontraban los caseríos: Los Alas,Los Ramírez, El Jícaro, El Sicahuite. Más al norte, La Montañona. Lomas y cerros verdes, quebradas y riachuelos con abundante agua. Arboledas de mangos, zapotes, aguacates y más, mucho más.

Gente con un humilde modo de vida, agradable, contenta, solidaria, acostumbrada a luchar contra la pobreza y a vivir en comunidad.

Nos habíamos concentrado en El Jícaro después de la ofensiva del 10 de Enero de 1981. Se había instalado un campamento con tropa guerrillera, columnas milicianas y dirigentes comunales que trabajábamos para organizar los habitantes en cada caserío.

Los habitantes de los cantones y caseríos parecían estar muy concientes de que ya no se trataba simplemente de la lucha por las necesidades inmediatas, sino de atacar frontalmente la raíz de las estructuras del poder de los oligarcas y de sus gobiernos títeres.

Con ese pensamiento, la gente se disponía activamente para las tareas de apoyo a las unidades guerrilleras, pues éstos también eran sus hijos e hijas, hermanos, primos, tíos, sobrinos, cuñados, vecinos, etc. Es decir, su comunidad en lucha.

Posterior a la ofensiva del 10 de Enero, los patrullajes aéreos, se hicieron más frecuentes en toda el área. Los pobladores estaban pendientes del avión de reconocimiento y al nomás escuchar el ruido, alertaban a la comunidad: ¡Cúbranse...cúbranse... que viene la puta gradilla...cúbranse! Momentos después, había que esperar el cañoneo desde el cuartel de Chalatenango. Cañoneo que duraba todo el día.

A finales de Enero y principios de Febrero del 81, las postas que se tenían en los cerros de la zona, habían detectado un fuerte movimiento del ejército del régimen, los aviones y helicópteros sobrevolaban el área, haciendo observaciones. Estábamos claros que el régimen arremetería después del intento guerrillero del 10 de Enero.

La invasión del ejército no se hizo esperar, y un día, amanecimos totalmente cercados. El puesto de guardia nacional de Las Vueltas, había sido reforzado y llegó mucha más tropa del ejercito. Otras camionadas de soldados salían del cuartel de El Paraíso y de Chalatenango con sus respectivas tanquetas. En el transcurso de la semana pusieron tropas con helicópteros en La Montañita. Los puntos de salida de los caseríos habían sido bloqueados, el puente sobre el río Tamulasco estaba copado de soldados, la calle era patrullada por tanquetas. Era una movilización militar, como para enfrentar a otro ejercito igual de grande.

Las modestas fuerzas guerrilleras con apenas unos cuantos fusiles FAL, carabinas, armamento casero y muchas armas cortas, hacían frente y resistían en los alrededores de los caseríos y mantenían alejadas a las tropas.

El poder de fuego de las tropas gobiernistas era obviamente mucho más grande, pues además de sus cañones, contaban también con aviones bombarderos. La balacera se intensificaba a medida que avanzaba el cerco enemigo que ya había logrado tomarse los cerros aledaños, dejándonos en desventaja en el terreno, pues El Jícaro estaba ubicado en una hondonada y las posibilidades de retirada, era únicamente hacia la calle que también estaba atestada de soldados.

El tiempo avanzaba y era necesario buscar una salida, y evitar que los pobladores de los caseríos fueran masacrados. Los jefes guerrilleros Netón y Felipón habían valorado que se podía resistir hasta que comenzara a oscurecer y buscar una retirada en la que habría que romper el cerco de soldados.

Los líderes de la comunidad, Justo, Toribio y Salomón, junto con milicianos de la zona, conducían a los pobladores hacia las quebradas para protegerse del cañeo incesante. En el curso de la tarde, ya casi toda la población civil había logrado refugiarse en las pedregosas quebradas.

De alguna forma, ese movimiento de gente fue detectado y los últimos grupos que caminaban en medio del caserío fueron atacados por la aviación. Cuatro aviones negros, entre ellos, uno muy extraño, que se miraba como con las alas quebradas y que al ir en picada roqueteando, emitía un sonido espantoso, de terror y que ponía los nervios de punta.

Volaban y volaban uno detrás del otro, roqueteo tras roqueteo, que rasuraban la vegetación a lo largo de la quebrada donde la gente se había refugiado. Lanzaban bomba tras bomba. Se miraba los árboles caer, los techos de las casas salían por el aire. Las bombas grandes, al caer, hacían temblar la tierra y al estallar, dejaban un enorme cráter.

Una de tantas bombas cayó precisamente sobre una casa en el centro del caserío. Una pareja de ancianos se habían negado a salir. Sus cadáveres no se encontraron. Sus cuerpos prácticamente fueron pulverizados con la explosión. Entre la humareda y en lo profundo de las arboledas se escuchaba los gritos de miedo de los niños, de las madres que protegían a sus pequeños con su cuerpo, refugiadas en los huecos de la quebrada. Las esquirlas, las balas, astillas de árboles y piedras por el impacto de las bombas, parecían interminables. La muerte estaba cada vez más cerca.

La gente tenía fresca la memoria de la masacre del Sumpul. Se esperaba lo peor. Las pocas unidades guerrilleras habían retenido y resistido aquella enorme invasión hasta las horas de la tarde. Cuando el sol del atardecer comenzaba a proyectar las sombras en los cerros de los alrededores y la oscuridad se acercaba, comenzamos a ordenar la retirada. Las tropas iban haciendo campamentos en el terreno que habían ganado y no daban señal de retirarse. Continuarían la operación hasta el día siguiente.

Las largas filas de mujeres, niños y gente mayor, las hamacas suspendidas de las varas de bambú con los heridos, iniciaron la retirada. El compañero Felipón había mandado antes a los conocedores del lugar a hacer reconocimientos por dónde se podía salir evitando entrar en combate, para que la gente no fuera a ser masacrada.

Los dirigentes comunales y milicianos que conocían la zona, conducían aquella tremenda columna de gente. Eran los pobladores de todos los caseríos que tendrían que caminar en la oscuridad por los montes y quebradas procurando un profundo silencio y con lo único que llevaban en su cuerpo: sus humildes ropas.

Familias enteras y numerosas. Las madres con sus niños en brazos, los hermanos mayorcitos ayudaban con sus hermanos pequeños en los hombros. La oscuridad ya no permitía ver quién iba adelante y quién atrás. Había que caminar bien de cerca para no quedarse o perderse.

En aquella lenta marcha para salvar la vida, los niños lloraban en silencio su cansancio. Sus padres hacían todo lo posible por calmarlos, atravesando barrancos a ambos lados del camino. Después de unas horas de caminar, hicimos un descanso breve y de repente, se escucho que algo había caído y rodaba por el barranco. De inmediato, una madre pasaba la voz en secreto y lloraba que su niño había caído al barranco. Su hijo mayorcito, que le llevaba en sus hombros, se había dormido de agotamiento y sin sentir, se le soltó de las manos. Cuando fuimos a recogerlo, unos cincuenta metros abajo, aquel niño como de dos años, había quedado enganchado en un arbusto a mitad de la profunda quebrada. Milagrosamente estaba ileso: estaba quietecito, como si sabía del peligro que nos acechaba o quizás, dormía y soñaba.

La comunidad siguió su calvario. Sacaba fuerzas del aire en aquel oscuro camino y ya se oía el correr del agua del río. Nos acercábamos al puente que durante el día había sido controlado por los soldados, pero esa noche, se habían retirado.

Escuadras guerrilleras se apostaron a ambos lados del puente de madera mientras pasaba la gente. Llegar a ese puente nos había tomado la media noche, lo que en situación normal, eran quince minutos cuesta abajo. En adelante habría que hacer esfuerzos extraordinarios, pues el resto del camino, era subir barrancos pedregosos. A media madrugada llegamos a un asentamiento provisional. Cuando el sol comenzó a salir, llegaban los últimos grupos de gente. El Jícaro se había vaciado. Los soldados se ensañaban destruyendo humildes viviendas y matando animalitos domésticos.

La lucha popular había entrado a otra etapa. La escapada de esa operación militar fue una acción colectiva sobrehumana, de autorrescate, de amor a la vida y a la comunidad, pero fundamentalmente una muestra del sacrificio que la gente estaba dispuesta a hacer para seguir la lucha por erradicar al régimen inhumano y opresor, por una vida digna, justa y feliz que aún no llega para las mayorías pobres.

(*) Colaborador de ContraPunto.

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