Julia Evelyn Martínez (*)
“Mientras nacemos, cuando entramos en este mundo,
es como si firmáramos un pacto para toda la vida,
pero puede suceder que un día tengamos que preguntarnos:
¿Quién ha firmado por mí?
Yo me lo he preguntado
José Saramago
Ensayo sobre la lucidez
SAN SALVADOR - En una escena digna de “Las Troyanas” de Eurípides, el pasado 13 de febrero, el pueblo griego fue “sorteado” y entregado a los vencedores de la guerra económica que se libra en Europa. Esta vez los vencedores no eran los griegos, sino la TROIKA, formada por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Central Europeo (BCE) y la Comisión Europea, y los vencidos, no fueron los troyanos, sino el mismo pueblo griego, que deberá pagar con sus vidas y con su dignidad, el costo de una crisis económica en la cual no tiene responsabilidad.
El acto oficial de entrega de la vida y de la dignidad del pueblo griego tuvo lugar en el Parlamento del país que históricamente se conoce como “la cuna de la democracia” (poder del pueblo) y contó con el apoyo de una amplia mayoría de 200 votos a favor y solo 74 en contra. Los votos a favor incluyeron a representantes de partidos denominados socialistas y/o de izquierda.
La claudicación de Grecia se realizó mediante la aprobación final de un nuevo recorte de gastos públicos por 3,300 millones de euros para dar a la TROIKA una muestra simbólica de su voluntad de pagar sus deudas. A cambio de esto, la Comisión Europea ha aprobado un nuevo paquete de ayuda financiera por valor de 130,000 millones de euros (en concepto de créditos reembolsables) que le permitirá abonar al pago de sus deudas con los bancos alemanes y franceses, y mantenerse como miembro de la eurozona
Los recortes al presupuesto del Estado en 2012 incluyen el despido de 15,000 empleados (hasta completar el despido de 150,000 en 2015), la reducción del salario mínimo en un 22%, la abolición de convenios laborales colectivos, la congelación de salarios hasta 2015, la reducción del 20% a las pensiones a los jubilados/as que superen los 1,000 euros, la inmediata privatización de activos de propiedad pública (puertos, aeropuertos, ferrocarriles, distribución de agua y de electricidad, bancos, tierras, etc.), y la reducción en los presupuestos de salud, educación y cultura, entre otras medidas. Como dato curioso de este programa de austeridad, el gasto militar de Grecia (el más alto de la Unión Europea en relación al PIB) experimentará un aumento del 18% en 2012, lo que permitirá continuar comprando armas y equipo (aviones, tanques y submarinos) a empresas de Alemania y de Francia.
Para sellar esta rendición económica, la TROIKA exigió a todos los partidos políticos que se presentarán a las próximas elecciones, la firma de un acuerdo ante la Comisión Europea. En este acuerdo se comprometen a acatar este plan de ajuste económico independientemente de cuales sean los resultados de estas elecciones. En otras palabras, aún cuando la ciudadanía exija a sus próximos representantes en el Parlamento que reviertan estas medidas de ajuste económico, los diputados y diputadas no podrán hacerlo, salvo que decidan separarse de su grupo parlamentario.
¿Qué hizo el pueblo griego para merecer este destino?. Cometió el error de asumir que la democracia consistía en “delegar su firma” a otros/as, y una vez realizada esta delegación, se desentendió de los problemas de la polis. Y mientras esto ocurría, Grecia (al igual que el resto de Europa) cayó en la trampa neoliberal de la Eurozona y del Pacto de Estabilidad, cedió su soberanía y su capacidad de hacer políticas económicas nacionales al BCE y abrió sus mercados y su sistema financiero, al capital transnacional, principalmente de las corporaciones alemanas y francesas, sin darse cuenta que al hacer esto, estaba renunciando a la democracia social y aceptando una democracia oligárquica.
El elevado nivel de la deuda soberana de Grecia no es el resultado del financiamiento irresponsable de déficits fiscales para el mantenimiento del Estado de Bienestar (como lo afirman los economistas neoliberales). De acuerdo a la Campaña Ciudadana por la Auditoría de la Deuda Griega, y a expertos/as como Leonidas Vatikiotis, esta deuda es el resultado de la combinación de un sistema político corrupto y de la adopción de políticas públicas orientadas a favorecer los intereses de determinados grupos económicos nacionales y transnacionales en el marco de la Unión Europea. Entre los factores que dieron origen a este fenómeno se encuentran: a) el desproporcionado gasto militar; b) las exenciones fiscales a las empresas navieras y a los bancos; c) la reducción de la recaudación fiscal debido a la apertura comercial y a la quiebra de empresas griegas ocasionada por la competencia de las empresas de la eurozona (principalmente de Alemania); d) los elevados costos del financiamiento de la infraestructura para las Olimpiadas de 2004, y e) el alto costo del rescate a los bancos griegos que fueron afectados por la crisis financiera subprime de 2008 iniciada en Estados Unidos.
Debido a que en la Eurozona los déficits fiscales no pueden ser monetizados (emisión monetaria) y a que el BCE no le presta a los gobiernos sino a los bancos privados, el gobierno griego tuvo que recurrir a la creciente emisión de deuda soberana, que fue adquirida por bancos privados europeos, principalmente alemanes y franceses. Estos bancos, ahora reclaman su dinero y exigen que la sociedad griega sea sacrificada para calmar la ira de los mercados.
Nadie dijo que la democracia es perfecta, menos aun la democracia que se practicaba en Grecia en el Siglo de Oro: solo podían votar los hombres, mayores de edad, nacidos en Atenas y que hubieran realizado el servicio militar. Pero había algo la hacía superior a la oligarquía, y es que el voto de un ciudadano que tenia riqueza o propiedades valía igual que el voto de otro ciudadano que no tenía nada, y mientras cada uno de ellos no perdiera de vista sus intereses, la polis podía funcionar con un relativo equilibrio entre el poder social y el poder económico.
En las democracias oligárquicas sucede lo contrario: las personas votan, pero esos votos solo tienen un valor simbólico, y se utilizan como “capital político” para que los partidos o coaliciones puedan entrar en la negociación con los grupos reales de poder, que son quienes deciden lo que se vota y como se vota.
¿Quiénes son estos grupos de poder económico que conforman lo que se conoce como la oligarquía global y que someten a los Estados y a los sistemas políticos a su servicio?. De acuerdo al estudio “La red del control corporativo global” elaborado por Stefania Vitali, James B. Glattfelder y Stefano Battiston del Instituto Federal de Tecnología de Zurich (Revista New Scientist, octubre 2011), se trata de un sector de la economía mundial formado por 737 grupos económicos integrado por 1,318 empresas, que controlan el 80% de las corporaciones transnacionales mundiales. Estos grupos tienen como “núcleo duro” a 147 empresas (1% del total) que están estrechamente relacionadas entre sí mediante la propiedad accionaria y controlan el 40% de la riqueza total de este sector. Entre las 20 empresas más poderosas de este grupo se incluyen a Barclays Bank, JPMorgan Chase & Co, The Goldman Sachs Group, Deutsche Bank, Merrill Lynch & Co Inc, Credit Suisse Group, entre otros.
Esta oligarquía global ejerce un refinado autoritarismo sobre los sistemas políticos regionales y nacionales, mediante un intrincado sistema de relaciones de poder, que estaría formado al menos por cuatro pilares: a) las políticas económicas y financieras dictadas por el Banco Mundial y el FMI ; b) el control de los medios de comunicación social para alienar a los pueblos en una cultura del sometimiento cultural e ideológico a los intereses de la oligarquía global; c) la carrera armamentista y la creciente militarización de los países y regiones, y d) las alianzas con las oligarquías nacionales o sub-regionales. En el caso de Centroamérica, se reconoce la existencia de una oligarquía regional formada por aproximadamente 135 grupos económicos que aglutinan a casi 2500 empresas y franquicias. Entre los más conocidos miembros de esta oligarquía regional se mencionan: Grupo Roble, Grupo Siman, Grupo AGRISAL, Grupo TACA, Grupo Salume, Grupo Facusse, Grupo Pellas y el Grupo Paíz.
¿Se puede hacer algo frente al poder de esta oligarquía global y sus ramificaciones nacionales y regionales? Por supuesto que sí, y mucho. Pero no basta con indignarse, hay que seguir una hoja de ruta.
En primer lugar, se necesita que las personas que no formamos parte de ese 1% de la población mundial, dejemos de pensar que esta democracia oligárquica puede y/o debe perfeccionarse, como lo propone por ejemplo en nuestro país la Asociación Nacional de la Empresa Privada ( ANEP) y sus nuevos mejores amigos de la sociedad civil (FUNDE, ISD, etc.). Los grupos económicos que se expresan gremialmente en la ANEP forman parte de la oligarquía regional que está aliada a la oligarquía global, y su interés es consolidar un sistema político de dominación en donde la ciudadanía no decida, sino que vote por lo que interesa o lo que impongan las empresas capitalistas.
En segundo lugar, se necesita que la sociedad mundial y nacional tome conciencia de que padecemos, en mayor o menor grado, el llamado “Síndrome de Estocolmo”, que nos condiciona a identificarnos y hasta admirar a quienes tienen secuestrada nuestra ciudadanía y nuestros derechos humanos. Reconocer que padecemos de este síndrome, es el primer paso para comenzar a sanar y a caminar hacia la ciudadanía y la democracia real, que inevitablemente nos llevará a cuestionar y/o enfrentarnos con los intereses e imposiciones de las oligarquías.
En tercer lugar, también debemos recuperarnos de otra condición que nos mantiene bajo la opresión de las oligarquías: el “Síndrome de la Desesperanza Social Aprendida”, que durante décadas se ha incubado en nuestras conciencias debido a la acción sistemática y cotidiana de la ideología neoliberal y los medios de comunicación social. Este síndrome consiste en una especie de resignación forzada y/o de abandono de la capacidad de soñar que se desarrolla como resultado de mensajes que tratan de convencernos de que “nada se puede cambiar”, que “las cosas son como son” y/o que “capitalismo es el fin de la historia”. Recuperarse de este síndrome significa recuperar la capacidad de confiar en que es posible construir otro mundo mejor y distinto a este.
Después de estos tres pasos, podemos comenzar a “poner manos a la obra” para desmontar el sistema de dominación oligárquica, teniendo esta vez cuidado de no entregar nuestra firma a otros/as. Solo de esta manera, podremos detenerlos/as a tiempo, y evitar que, como acaba de suceder en Grecia, terminen entregando nuestras vidas y nuestra dignidad como ofrendas a los mercados.
(*) Columnista de ContraPunto
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