Amparo Marroquín (*)
SAN SALVADOR – Me eduqué en un colegio de monjas. En una catequesis me contaron que, cuando Monseñor Romero vivía, dijo que mientras en El Salvador existiera gente que no tuviera casa, la Iglesia no iba a reconstruir Catedral. Esa fue la primera historia que escuché. Me pareció que resumía mucho de lo que fue el país en ese entonces. Un país de urgencias y de andamios, de construcciones a medias y utopías.
El tiempo pasó. Años después, el arzobispo Sáenz Lacalle decidió, en julio de 1995, crear la Fundación Catedral de San Salvador. Todavía recuerdo la publicidad que apareció en periódicos de esos años, y que invitaba a creyentes altruistas a "adoptar un mosaico, una obra de arte que pasaría a la historia" y decoraría la fachada. Para hacerlo se enviaba a las autoridades eclesiásticas una generosa donación. El encanto que para mí tenía el anterior relato se perdió entre nuevas voces. Con todo, fue interesante ver la respuesta de tanta gente que se sintió parte del proyecto y que dio no solo dinero, sino tiempo, esfuerzo, creatividad.
En 1999, se inauguró esa otra Catedral. Un pastiche de estéticas en el paisaje del centro de San Salvador. Parecía un buen reflejo de un país sin muchas claridades. Los mosaicos de ese genial artista que no tuvo problema en transitar por la ambigua frontera que va de la artesanía al arte, unas cúpulas pintadas con la estética de un pastel, abajo una tumba que convocaba peregrinaciones y mensajes poco ortodoxos, y al interior unos frescos extraños que se mezclaban con imaginería popular.
Me aproximé a esa nueva estética en sucesivas visitas con amigos que venían de fuera. Y el entusiasmo compartido por los dibujos de Llort me hizo sonreír más de una vez. Sobre todo cuando insistían en entrar a ver el altar mayor, que se les volvía una promesa de colores a partir de la expectativa que anunciaba la fachada. Al entrar el comentario era casi siempre el mismo: "es cierto, adentro es igual a todas las demás...".
Ahora ya no hay promesa en la fachada. La destrucción de los azulejos se ha justificado señalando su deterioro. No me parece extraño que en este país se decida de un día para otro cambiar un paisaje que se había vuelto referencia icónica, pero no deja de sorprenderme las declaraciones de sus dirigentes y autoridades.
¿Los mosaicos estaban realmente dañados? ¿Por qué no se habló con el artista para que ayudara a su restauración? ¿Qué se dirá a las familias que donaron su dinero para cada azulejo? ¿Se les hará una devolución? ¿El que una propuesta visual no sea del gusto de todos la convierte en un elemento que puede ser destruido? ¿No se colocará nada en la fachada, o se va a poner una imagen de El Salvador del Mundo hecha por otro artista que parece gozar de una mayor aprobación de la nueva estética eclesial? Si como señaló el arzobispo, "el lugar no era oportuno para tener mosaicos", ¿por qué no se pensó en trasladarlos a otro espacio y conservar otra historia del relato de esa catedral, de esta ciudad, de este país?
No puedo dejar de pensar en la Casa de los azulejos, en México, ha sobrevivido a la humedad, los terremotos, la contaminación desde que se colocó su fachada actual en 1737, cubierta de azulejos de talavera poblana. Como nos dice una fuente tan colectiva como wikipedia "la cocción de una substancia a base de esmalte torna al azulejo impermeable y brillante, es generalmente usado en gran cantidad como elemento asociado a la arquitectura en revestimiento de superficies interiores o exteriores o como elemento decorativo aislado". La cerámica de talavera es, también, artesanía y arte, comercio y lugar de referencia turística.
Puede que sea sintomático que la Iglesia católica se aleje de un arte y unas imágenes que han identificado este país y su gente durante muchos años. Tampoco es este el único caso de destrucción de un espacio material considerado patrimonio, en este país son muchas las instituciones que contribuyen al cambio del paisaje y a quienes la noción de conservación del pasado y la memoria les puede parecer interesante, siempre y cuando no se obstaculice esa noción de desarrollo y progreso que pasa por la destrucción de muchos cimientos. Por feos, por antiguos, por innecesarios, por inciertos.
El antropólogo Néstor García Canclini señala en uno de sus últimos libros, La sociedad sin relato, que el arte es ahora el lugar de la inminencia, de las revelaciones que se producen, y en estos tiempos globales, ya no hay una única narrativa que convoque. La misma noción de patrimonio cultural, dirá, es profundamente discutible. Si no hay un único relato cohesionador, ¿hay entonces un arte que sea disidencia? García Canclini señala que sí y analiza las propuestas de León Ferrari y Cildo Meireles, donde el arte cuestiona meta relatos como la globalización misma y la religión.
Los murales de Llort que decoraban la fachada de Catedral han pasado de pronto a la disidencia, a la pervivencia terca desde la memoria que queda en el relato, a las fotos antiguas. Y parecen anotar algo que García Canclini nos señala: tantas veces se ha anunciado la muerte del arte y esta sigue viva. Prueba de ello es la discusión que desata. La política no suele convocarnos tanto. No nos sorprende. No esperamos ya nada de ella. Pero del arte y la cultura quizá todavía esperamos algo. Que esté, que permanezca, que dé testimonio, que sea una exclamación repentina en el paisaje cotidiano. Y cuando el paisaje se nos cambia es necesario discutir, disentir, señalar.
(*) Columnista de ContraPunto
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