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Noticias de El Salvador - ContraPunto

Mayo 17 / 2012

Conmemoraciones del 16 de enero

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Luis Alvarenga (*)  

SAN SALVADOR - Este lunes 16 de enero se cumplen veinte años después de que se firmaron los acuerdos de paz. Hay una generación de mujeres y hombres que recién llegan a la mayoría de edad, que nacieron por esas fechas o un poco antes, y para los cuales la guerra es un hecho remoto. Es un tópico afirmar que a esta generación de salvadoreños (y a las siguientes), el pasado les es indiferente y que desconocen todo lo que implicó llegar a la firma del acuerdo de Chapultepec.

 

Habría que matizar ese tópico. Por una parte, no todos los salvadoreños nacidos a partir de la posguerra desconocen la historia. Por la otra, tampoco todos los salvadoreños mayores le atribuyen alguna utilidad —ya no digamos, algún sentido— a la necesidad de conocer y debatir sobre la historia, en particular, sobre esa historia de los últimos cuarenta o cincuenta años.

 

Hay algo que no anda bien. La semana de conmemoración de los Acuerdos, que tiene muchas actividades importantes, entre las que destaca el acto simbólico de petición de perdón por parte del Estado salvadoreño a las víctimas de la guerra, corre el riesgo de pasar como una efeméride más. Seguramente muchos —y no sólo los sectores tradicionalmente postergados, como los lisiados de guerra, sino incluso, algunos “has-been” —como dicen los gringos— firmantes de los Acuerdos— sentirán que no han tenido el protagonismo que se merecen. Sus razones las tendrán. Pero es que no solo ellos han sido eclipsados. La efeméride misma está eclipsada por la campaña electoral, por evidentes razones de coincidencia temporal. Así, la agenda mediática de muchas empresas no le darán el debido relieve al acto del 16 de enero, porque estarán más ocupadas en subrayar las proezas municipales del “as” de la derecha.

 

Pero no solo la conmemoración de los Acuerdos se ha visto eclipsada. Otras dos conmemoraciones, que coinciden en el día, son casi pasto del olvido. El 22 de enero se conmemorarán los ochenta años de la masacre anticomunista y el etnocidio en la zona occidental del país. La izquierda política, social y académica, hasta donde se sabe, no hará ninguna conmemoración. Esto correrá de parte de las comunidades indígenas, para las cuales, el 22 de enero de 1932 sigue estando dolorosamente presente. No solo para estas comunidades. También para el partido ARENA, cuyo acto de inicio de su campaña electoral en Izalco, fue una irrespetuosa bufonada para la memoria de los indígenas asesinados hace ochenta años. Pero esto demuestra que la derecha tiene una política de la memoria y una política simbólica. Si no, que lo diga el alcalde capitalino, que ha borrado la referencia a Venezuela en una de las calles principales del país y la ha sustituido por la de un militar y diplomático salvadoreño que cumplió tareas diplomáticas durante la segunda guerra mundial.

 

Otro 22 de enero, en 1980, fue el día en que tuvo lugar una multitudinaria movilización de las organizaciones sociales de la época, la cual fue respondida por una cruel represión de parte de la dictadura militar. El otro 22 de enero significó un golpe a la movilización social, golpe del cual las organizaciones sociales tardaron años en recuperarse. De este hecho no habrá ninguna conmemoración, ni siquiera porque muchos de los protagonistas de la guerra y de los firmantes de la paz tomaron parte en el mismo.

 

Todo esto sirve para señalar la importancia, de parte de los sectores que tienen una postura de izquierda, de tener una política de la memoria. Lo que se conoce y practica como memoria histórica tiene una importancia que sería irrespetuoso negar. Pero es posible que ello deba acompañarse de otros factores. La memoria de esos hechos, no solo del júbilo que se experimentó hace dos décadas por el fin de la guerra, sino de todas y cada una de las derrotas sufridas por los sectores subalternos, deberían ser una especie de “eje transversal” de la acción y el discurso políticos, en sus distintos niveles. No solamente en tanto conmemoraciones puntuales, sino también a nivel simbólico. En la política, este nivel es tan crucial como otros. Hay una serie de elementos simbólicos en la historia de los grupos subalternos cuyo potencial movilizador aún pasa inadvertido.

 

(*) Columnista de ContraPunto

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