A propósito de Ábrego

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Álvaro Rivera Larios (*)  

MADRID - Soñamos con ver socializada la discusión sobre los asuntos públicos, pero rara vez nos ponemos a pensar en qué condiciones hacen falta y cuáles son las técnicas que debemos conocer y difundir para que reine entre nosotros una auténtica cultura del debate. Acertaron los griegos al estimar que la discusión pública exige el dominio de las artes del pensamiento discursivo (la retórica, la dialéctica) para darle buen fundamento a nuestros juicios y para saber cómo desmontar con claridad y justicia los del oponente.

 

Todos nos equivocamos al debatir (perpetramos falacias, argumentamos con torpeza o desfiguramos la razón del polemista contrario), pero de lo que se trata es de reducir la frecuencia de esos fallos y de evitar que se conviertan en un estilo de pensamiento. Cuando tal cosa sucede, y son las pasiones quienes gobiernan nuestra lógica, nos convertimos en polemistas incapaces de sostener una discusión honesta y productiva.

 

Últimamente, Carlos Ábrego (ilustre bloguero y asiduo lector de ContraPunto) demuestra que no por vivir en Francia y enarbolar la bandera del marxismo ha perdido contacto con lo peor de la caja de lustre salvadoreña. Y eso es lamentable, porque si gente con ideas y experiencia tiene dificultades para desarrollar una polémica de altura ¿Qué puede esperarse de los demás?

 

Ni las emociones ni los personalismos pueden desterrarse de un debate público, por la sencilla razón de que no somos máquinas de razonar, estamos involucrados en aquello que discutimos: creemos en ciertas ideas y rechazamos otras y lo normal es que esa pasión se manifieste en el nervio con el cual proyectamos nuestras opiniones. Es lógico que reaccionemos de forma emotiva y racional si, en nuestra condición de polemistas, somos objeto de una sarta de falacias. El peligro comienza cuando las emociones desbordan la lógica y nuestras palabras se convierten en simples trompones verbales. Quien ya no ataca las ideas del adversario sino que agrede  a su persona lo que busca es aniquilarlo simbólicamente, desprestigiarlo a cualquier precio. Por suerte ya no estamos en aquella época en que la aniquilación simbólica de un oponente podía suponer su eliminación física. Hablo de las polémicas en el seno de la izquierda.

 

Nuestra inteligencia como polemistas no está garantizada para toda circunstancia ni las 24 horas del día. Es por eso que a un bloguero como Carlos Ábrego, cuando se ve precisado a discutir conmigo, se le funden ocasionalmente los plomos de la inteligencia y se ve tentado a sacar, como el Doctor Merengue, el alma maniquea que lleva dentro. Pero no seamos injustos, en el alma de todo izquierdista salvadoreño hay un Doctor Merengue, un Rivas Mira sin pistola con ganas de aniquilar a sus oponentes ideológicos.

 

Un Rivas Mira sin pistola, cuando discute, se siente en posesión de la razón histórica (la razón histórica en su discurso es el equivalente de la palabra divina y él, como puede suponerse, es el sumo sacerdote de dicho verbo), por eso cuando se enfrenta a los infieles y a los herejes no busca ningún tipo de cooperación o pacto, sino que el objetivo es la quema simbólica del adversario ideológico.

 

El otro yo de Carlos Ábrego, su Doctor Merengue, su alma maniquea, lo lleva a malinterpretar facilonamente uno de mis últimos artículos: “La esperanza”. Ábrego desfigura un argumento mío que lleva la forma de una comparación, pero lo peor no es eso, lo peor es que se desentiende del sentido general del párrafo para montar una inocua batallita dialéctica donde no la hay (a esta forma de apartarse del carril central de un razonamiento para debatir un detalle que no lo afecta yo la denomino “la táctica sofistica de la pulga”). El sentido general del párrafo aludido, y que Ábrego “se salta”, era que la experiencia de Marx, a diferencia de la de Lenin, no lo llevó a plantearse los problemas positivos de la política marxista.

 

Veamos mi razonamiento y la crítica que Ábrego le hace: “Pero de haber sido un actor importante de la gran lucha de clases, cosa que sí fue Lenin, Marx habría enfatizado el aspecto positivo de su pensamiento”. De la primera frase de mi argumento (que Marx no fue un actor importante en la gran lucha de clases), Ábrego deduce que yo ignoro la experiencia política de Marx y que, por lo tanto, no sé nada de marxismo. Yo no niego esa experiencia, lo que hago es cotejarla con la de otro gran líder revolucionario. Quizás me excedí al valorar la trayectoria militante de Marx, pero eso no invalida mi juicio de que la biografía política de Lenin fue mucho más importante que la del gran barbudo de Tréveris. Lenin fue el inspirador de un fenómeno político que marcó el destino de millones de personas en el siglo XX. Pero no es eso lo que a mí me interesaba recalcar, sino el hecho de que la magnitud de los desafíos que Lenin enfrentó (derribar un Estado y construir otro) lo condujo a plantearse de modo más urgente y sistemático los problemas de “la política” en el marxismo. Lenin no se detuvo en la negación del sistema capitalista, fue más allá, se entregó al proyecto de levantar la nueva sociedad. Marx, por diversas razones, no desarrolló una teoría sistemática sobre el Estado y evitó “teorizar” sobre el socialismo; Lenin no tuvo más remedio que abordar los aspectos positivos de la política radical.

 

Y de lo que hablo en mi artículo “La esperanza” es precisamente de valorizar “la política” ahora que “la economía” parece tiranizarla. De lo que hablo es de repensar “lo político”, de integrarlo en un nuevo proyecto, precisamente ahí donde el liberalismo y el marxismo ortodoxo se han demostrado impotentes a la hora de abordar la crisis permanente de las sociedades modernas (incluida la del casi extinto socialismo real). Vivimos en una época en la que el determinismo económico burgués estrangula la autonomía relativa de lo político de la que tanto presumía el pensamiento liberal. El marxismo ortodoxo es también un determinismo sin lucidez política, sin un complejo pensamiento sobre las superestructuras, lo que equivale a decir que no ofrece una respuesta solvente a los problemas positivos de la libertad. Ahora que “los mercados financieros” deshacen la ilusión de la libertad política, la izquierda debe retomar esa bandera (la de la libertad) con nuevos bríos, nuevas ideas, con esperanza. Eso decía, que tenemos que volver a pensar, que tenemos que ser imaginativos, que la izquierda del futuro tiene que ser resueltamente creativa.

 

Nada de todo esto le interesa a Míster Ábrego, a él lo que tristemente le interesa es demostrar que yo no sé nada y no digo nada e, implícitamente, que él sabe mucho. Un pobre objetivo, si se tiene en cuenta que lo importante es lo otro: contribuir a plantear los problemas positivos del socialismo en nuestra realidad y en este nuevo siglo.

 

No voy a imitar las posiciones maniqueas en las que cae nuestro amigo. A pesar del error suyo que comento, de ninguna manera se me ocurriría decir en frío, como él hace, que mi oponente no sabe nada ni dice nada sobre el asunto que aborda. Es deplorable esta costumbre de ningunear de forma barata a las personas para expulsarlas del debate y lo cierto es que la comparten por igual la izquierda y la derecha de nuestro país. Voy a controlar mis emociones: a pesar de todo, la de Ábrego es una voz interesante, legible y necesaria en el mundo de la opinión pública salvadoreña.

 

Entre nosotros domina la maledicencia que sanciona como oportunista cualquier cambio en el pensamiento político de alguien.  Esa maledicencia está muy bien acompañada por un marxismo vulgar que atribuye todo cuestionamiento teórico y político en el seno de la izquierda a una conciencia que ha sido comprada por el sistema. Quienes todo lo saben y de nada dudan se erigen como jueces de aquellos veleidosos que osan rectificar una posición previa y que volverían a modificar otra si así lo aconsejaran la experiencia y la razón. Para estos jueces y árbitros de la inmovilidad intelectual, para estos puritanos, el marxismo es una ciencia cerrada, consumada y escrita  en la misma piedra de los Diez Mandamientos.

 

Ábrego, en el mejor estilo de los comisarios políticos del estalinismo, me acusa de dar bandazos ideológicos en vez de preguntarse por qué he modificado ciertas posiciones.  En la Europa en que vivo, la Europa de los indignados y de las multitudes que protestan en las ciudades griegas, algo ha cambiado y muchas personas se replantean o matizan sus ideas políticas. En las actuales circunstancias, es normal que haya cambios en el  pensamiento ciudadano y que dichos cambios se admitan y comprendan al estar legitimados  por la ética, los hechos y la razón. A nuestro ilustre bloguero y censor le preocupa más administrar las condenas y absoluciones ideológicas que comprender lo que está pasando en el horizonte político europeo. Yo vivo en este horizonte y no soy ajeno a sus conmociones y como producto de esta experiencia colectiva (la crisis financiera y la crisis de la política liberal)  puedo rectificar posturas que he mantenido antes. Lo censurable sería que no cambiara. A mí me sorprenden estos viejos militantes que presumen de conocer la dialéctica, pero que juzgan los cambios bajo la óptica de la peor moralina.  

 

No quiero un socialismo en el que haya comisarios políticos que censuren o tutelen la autonomía de nuestras conciencias. A nadie le voy a pedir perdón por lo que pude pensar hace un mes, hace un año o hace veinte (me refiero, por supuesto, a lo que hayan podido ser mis reflexiones generales sobre la cosa pública). Y a nadie le voy a pedir permiso para cambiar de opinión, si lo estimo justificado racionalmente. Ante el tribunal de mi conciencia tengo claro que aunque haya cometido errores al reflexionar nunca lo hice por interés ni mala voluntad ni para endulzar los oídos de nadie. Aprendamos a Discutir y tratemos de dominar al Rivas Mira que todos llevamos dentro.

 

(*) Escritor y columnista de ContraPunto

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