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Martes, 28 de Marzo del 2017

SOCIEDAD

DERECHOS HUMANOS

| Domingo, 28 Junio 2015
La "Histeria" viste peluca y tacones altos

Foto: Jessica Orellana

Lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersexuales salieron a las calles para exigir que se respeten sus derechos

Cuando las mujeres salieron a exigir sus derechos en las calles de Estados Unidos, a finales del siglo XIX, los patriarcas dijeron que tal cosa era una enfermedad llamada Histeria, que provenía de la insatisfacción sexual y que la solución era crear el primero prototipo de lo que hoy se conoce como consolador.

Esa misma lógica sexista que proponía al hombre como único dueño del dinero y el único merecedor de un trabajo digno es la que hoy, cambiando un poco sus matices, excluye a las lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersexuales de la sociedad, de acuerdo con Andrea Ayala, directora ejecutiva del Espacio de Mujeres Lesbianas por la Diversidad (ESMULES) que este 27 de junio participa en la marcha por la diversidad.

Son cerca de las 2:00 de la tarde, y Andrea monta bicicleta. Se mueve de un lado a otro orientando a sus “hermanas” que participan en la marcha que inició en El Salvador hace 18 años. Andrea es lesbiana.

-Nos ven como enfermos, como si tuviéramos algo que se les va a pasar, como si ser lesbiana o gay y salir a la calle a exigir nuestros derechos es algo que está en contra de la voluntad de Dios, y como si solo hombres y mujeres heterosexuales tuvieran derecho a que el Estado les devuelva lo que todos pagamos en impuestos- señala Andrea, mientras se acomoda los lentes de sol y pide disculpas por tener que irse. Es organizadora del evento y necesita estar en todos lados.

Más tarde, cuando la marcha ya vaya lejos del punto inicial, en el parque Cuscatlán, Andrea volverá a explicar que no es que no crea en Dios, que de hecho es católica practicante, o como ella lo dijo “lesbiana-católica-practicante”, quizá por enfatizar lo de lesbiana, o porque lo católica no le quita lo lesbiana, o viceversa. Pero Andrea no está de acuerdo en que la mayoría de argumentos que “la gente” utiliza para rechazar a la comunidad LGBTI es la biblia y no la ciencia.

-La gente puede utilizar cualquier libro sagrado, no solo la biblia, para intentar discriminarnos, pero esto no es una cuestión religiosa, sino de derechos humanos, de igualdad, de responsabilidad. Yo cumplo con las mismas obligaciones que cualquier heterosexual cumple. Pago mi renta a tiempo, pago el IVA cada vez que voy al supermercado… ¿entonces por qué no tengo derecho a lo mismo que todos?- cuestiona Andrea.

Esta marcha, realizada por primera vez en El Salvador el 27 de junio de 1997 por poco más de una veintena de hombres homosexuales agrupados en una organización llamada “Entre Amigos”, es la continuación de un movimiento mundial por la reivindicación de los derechos humanos de la diversidad sexual, que a estas alturas ha cobrado tal magnitud que, entre hombres y mujeres LGBTI y “heteroaliados” marchan cerca de siete mil personas, según los organizadores.

Las más radicales de la fiesta son las “Trans”. A ellas les gusta vestir de pelucas rubias, tacones altos y poca ropa. Muy poca ropa. Este es su día. El único día en que pueden salir a la calle vistiendo como les gusta sin que nadie las insulte, o al menos sin alcanzar a escuchar las puteadas por el mismo bullicio de la marcha.

Algunas con dificultades para manejar los tacones de 12 centímetros que cargan, otras incluso bailando al ritmo del reggetón, las trans disfrutan del desfile del que son partícipes, del que son protagonistas e incluso, algunas, reinas. Este es el caso de “Soraya Michelle”, quien ha venido desde Ahuchapán usando su corona de “Reina Trans” y ahora está de lo más dispuesta a lucirla.

-¡Eso! ¡Lúzcase! ¡Rico eso! ¡Demuestre que es una histérica preciosa! – le grita el que parece ser el “managger” o entrenador físico de Soraya, mientras le dedica una sonrisa, se besa la mano, la mira a los ojos y se sopla la palma extendida, como para que el viento le lleve hasta el rostro la caricia. Soraya sonríe y posa para las fotos.

Pero aquí no todos quieren ser mujer. Hay mujeres que también se sienten hombre. Como Mario Alejandro, que sostiene una pancarta de una asociación transgénero y grita “¡No parecemos hombres, somos hombres!”.

Mario Alejandro tiene 21 años de edad, y lo único que lo delata es su documento de identidad, en donde en vez de Mario dice María. Con voz de niño de 16 años y el pelo rapado, Mario puede entrar desapercibido a un baño de hombres sin que nadie lo sospeche. Su cara tiene pocas facciones masculinas que desear y esto que no se ha inyectado hormonas, según dice.

Casi encabezando la marcha hay un grupo de lesbianas que llevan pancartas con la fotografía de una vulva impresa y un letrero que dice “Que viva la vulva”, y otro que dice “A mi tía le gustan las mujeres, a mi tío no”.

Este grupo de lesbianas fue el que el año pasado intentó integrar a la marcha un pequeño altar con “La virgen de la vulva”, algo que fue descartado por los organizadores de la marcha por considerarlo “demasiado radical”, tan radical como otro letrero usado en la marcha que dice “usted no es homofóbico, es pendejo”.

Este 27 de junio, Estados Unidos dio el paso que ya muchos esperaban: la aprobación en los 50 estados del matrimonio igualitario; y como era de esperarse las reacciones no han tardado. En las redes sociales, los mensajes pueden ser de apoyo, de “acepto-pero-no-comparto” o de rechazo frontal. Sin embargo, esto significa un gran paso en la lucha que día a día libran las organizaciones por los derechos de la diversidad.

Sin embargo, en El Salvador el panorama es diferente. Lesbianas, gay y transexuales han sido blanco del odio homofóbico en los últimos años. Desde simples desprecios con miradas, pasando por insultos, agresiones físicas o hasta asesinatos, son algunas de las amenazas que a diario enfrenta la población LGBTI salvadoreña.

Andrea, la lesbiana de la bicicleta, asegura que la Fiscalía General de la República (FGR) no tiene datos específicos sobre la cantidad de crímenes que se han cometido en el país por simple odio a la diversidad sexual, pero que según los cálculos de la suya y otras organizaciones más, al menos 500 miembros de la comunidad LGBTI han sido asesinados en El Salvador desde 1996, y solo en este año ya se contabilizan 13.

Es por eso que este año quisieron dedicar la marcha al repudio del crimen por odio a la diversidad, y exigen a la Asamblea Legislativa que se modifique el Código Penal para tipificar el delito de homicidio motivado por homofobia, una iniciativa que ya ha sido presentada al Pleno semanas atrás, pero que aún no ha tenido respuesta.

Las personas de la comunidad LGBTI recalcan ante todo su naturaleza humana, y detrás de los grumos de maquillaje, los vestidos extravagantes y los tacones de 12 centímetros o las barbas producto de inyecciones hormonales, hay rostros de hombres y mujeres que han sufrido desde pequeños la discriminación y rechazo de su familia, de sus padres e incluso, en algunos casos, de sus hijos.

La intolerancia es el principal problema que tiene a El Salvador punteando entre los países más violentos del mundo y de los más de 20 asesinatos que se cuentan a diario, según el doctor Miguel Fortín Magaña, director del Instituto de Medicina Legal.

La violencia en El Salvador no solo se manifiesta en el número de homicidios diarios, sino también en las agresiones físicas, verbales o psicológicas que a diario está expuesta la mayor parte de la población, y en especial los sectores LGBTI que, por ser diferentes, son discriminados.

Son casi las 6:00 de la tarde. La puesta del sol pone color naranja el ambiente que se combina con los colores del arcoirid de las banderas que levanta la diversidad. Andrea ha dejado su bicicleta, retó a las lesbianas “enclosetadas” a salir de donde quiera que estén, y ahora camina despacio, un tanto cansada de la jornada. Respira.

Al pie de la tarima hay una trans que también usa corona, pero con apariencia muy masculina, el cabello muy despeinado y el vestido ajado. Pareciera como si le hubieran sacado carrera del bus o que la quisieron asaltar y corrió veinte kilómetros. Aun así baila aplaude enérgica y celebra el cierre de la marcha, de su día.

-Mientras no se nos cumplan nuestros derechos, mientras no nos den lo que nos hemos ganado, mientras no nos traten como humanos igual que todos, seguiremos exigiendo, gritando y marchando sin descansar- dice, segundos antes de que el reggetón y la música electrónica vuelvan a imperar en la plaza “Salvador del Mundo”, y las “histéricas” luzcan sus vestidos de noche que mañana guardarán hasta la próxima vez que la sociedad les permita usarlos.

Bryan Avelar

Twitter: @bryanavelarr

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